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Por muy denostados que estén los castigos corporales, sabemos que aún existen familias dónde se siguen dando con frecuencia. Cachetes, azotes, gritos, tirones de orejas, … Todavía hoy es aún común escuchar “pues una bofetada a tiempo les va muy bien”.

¿Quién no ha escuchado esta frase de la boca de alguien cercano?. Yo misma, hablando sobre mis hijos, un día cualquiera, una conocida me soltó esta frase como si nada, como si fuese algo de lo más normal. Le estaba contando algo referente al post de “mi hijo me llama tonta”, cuando me dijo: “pués yo del bofetón que le doy no me vuelve a llamar eso en la vida!“.

Y es que todavía hoy se acepta con mucha tolerancia el castigo físico o el azote.

Los castigos físicos, los humillantes, los gritos y/o el menosprecio verbal son gravemente perjudiciales para nuestros hijos.

Siempre que gritamos o pegamos – levemente, moderadamente, ocasionalmente, raramente, siempre – estamos dedicando un tipo de atención errónea al niño y es un tipo de castigo que no funciona.

Los gritos y las bofetadas no son un buen método nunca enseñan el comportamiento adecuado, sinó justo lo contrario.

Los gritos y bofetadas no educan porqué:

  1. confunden,
  2. no enseñan la conducta adecuada,
  3. dan a entender que la violencia (física o verbal) es el modo de resolver los conflictos.
  4. causan sentimientos de rabia y humillación,
  5. bloquean al niño,
  6. no ofrecen alternativas.

Los gritos y las bofetadas enseñan a:

  1. gritar,
  2. pegar
  3. a no dejarse pillar infraganti,
  4. a mentir,
  5. a tener miedo,
  6. a avergonzarse,
  7. a pagar el enfado con los demás.

Las consecuencias psicológicas de los gritos y bofetadas:

  1. causan daños emocionales en los niños,
  2. pérdida de autoestima, ya que se creen que son malos por haber hecho algo mal.
  3. Al vivir en un ambiente con crispación y recriminaciones constantes el niño aprenderá a pelearse por todo.
  4. Avergonzar al niño continuamente, estamos empujando al niño a aprender a ser tímido.
  5. Las críticas generan inseguridad y miedo.
  6. El estrés que se respira en este tipo de situaciones provocan que el niño esté irritable.
  7. Las persistentes recriminaciones suscitan culpabilidad.

Los gritos y los cachetes son la primera experiencia que tienen los niños con la violencia, y los niños aprenden a comportarse violentamente a través del ejemplo de sus padres o adultos cercanos. Difícilmente podremos decirle a un niño “no pegues” o “no grites” cuando se les está pegando o gritando.

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