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La obesidad infantil es un escenario idóneo para investigar el diálogo entre la genética y el ambiente. Los proyectos europeos desarrollados en las últimas décadas, en los que ha contribuido de forma decisiva el equipo de Luis Alberto Moreno Aznar, catedrático de la Universidad de Zaragoza, revelan que aproximadamente un 60 por cierto de lo que condiciona la grasa corporal está relacionado con factores genéticos. “Y de ellos conocemos más o menos el 3-4 por ciento, por lo que todavía nos queda muchísimo por descubrir”, explica el investigador. Entre los genes que pueden ser cruciales en las primeras etapas de la vida destaca el PPAR-gamma 2. “Hemos visto que este gen asociado con la obesidad no se expresa en aquellos niños y adolescentes que recibiron lactancia materna en sus primeros meses de vida”.

El investigador responsable del grupo Genud (Growth, Exercise, Nutrition and Development) de la Universidad de Zaragoza, cuyos trabajos le han hecho merecedor del Premio Fundación Lilly de Investigación Clínica 2016, escudriña las causas de la obesidad infantil desde los años 80. En esa década, la prevalencia del sobrepeso y la obesidad en los más pequeños se situaban en el 5 por ciento en España. A lo largo de los años, ha ascendido hasta el 25-30 por ciento, porcentaje que parece haberse estabilizado en la última década. “Pero en unas cifras muy altas”, recalca el experto, y añade que, “si nuestros genes no han cambiado en 30 años, lo que se ha modificado es nuestro entorno, que es muy complejo, pero podemos hablar, por un lado, de aquellos factores que favorecen el consumo de alimentos y , por otro, de los que disminuyen el gasto de energía o calorías”.

TELEVISIÓN Y PANTALLAS
De entre todos esos elementos, “después de hacer muchos estudios y valoraciones, hemos llegado a la conclusión de que el factor que tiene más impacto es la falta de actividad física y, sobre todo, el sedentarismo”.
Los trabajos de Moreno revelan que el sedentarismo es un factor de riesgo de presentar complicaciones cardiometabólicas, independiente de la actividad física. Por lo tanto, incluso los niños que hacen ejercicio son susceptibles de sufrir los efectos nocivos de la inactividad si pasan demasiadas horas delante de una pantalla.

Proyectos europeos como Idefics o Helena han permitido conocer más a fondo el problema y han aportado pistas importantes sobre cómo intervenir. “En Idefics hicimos intervención los dos primeros años en una muestra de 16.000 niños, la mistad de los cuales se asignaron al grupo de prevención y el resto, al de control. En el análisis global, el efecto de la intervención en el índice de masa corporal (IMC) fue muy pequeño. Sin embargo, en los niños con sobrepeso y obesidad sí que se apreció una mejora, lo que indica que tendremos que focalizar nuestro esfuerzo en quienes son susceptibles”.

Por otro lado, la intervención encaminada a lograr hábitos más saludables en cuanto a mejora de la alimentación, reducción del sedentarismo, aumento de la actividad física y control del estrés tuvo un resultado desigual en los distintos países. “En algunos, como España, no se produjo ningún efecto; en otros, como Estonia o Chipre, sí. Creemos que es porque en los países que hasta entonces se habían hecho menos intervenciones había capacidad para hacerlas. Además, la receptividad de cada población a los cambio es diferente”.

FUENTE: El Diario Montañés.

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